Un relato de CIFI: Recuerda que recuerdo

Posted by MC on May 7, 2008 in LITERATURA |

Recuerda que recuerdo

La tarde se convertía en una melancólica ventana al mundo. El puente entre las islas mayores hacía ya cinco años que se había inaugurado. No era un puente como los del siglo pasado: las fuentes hidromagnéticas mantenían los vehículos a 80 cm. del suelo y hacía que se trasladaran de un lugar a otro por medio de las vías de polos. Tardaría apenas 25 minutos en llegar al nuevo edificio, cuando el ordenador de abordo pasa por la señal de vídeo-turismo.

“Está usted pasando por el control de aduanas del gobierno europeo” – dijo una voz monorítmica y hueca – “su identificación ha sido aceptada. Bienvenido, Sr. Oramas, al enlace Nueva Canarias, construido por Corporación Word-Europa con los fondos para ayudas de las zonas periféricas de la Comunidad en el 2.120. Tiempo estimado hasta destino de 18 minutos.”

Oramas sentía un estremecimiento en su cuerpo, no sabía cómo saldría todo. Llevaban seis meses en el proyecto. A pesar de no saber cuál era su papel en el mismo, sabía de la importancia que tenía para la Comunidad. Era la investigación que podría permitir al hombre realizar viajes interestelares donde la duración fuera superior a la vida humana (eso le habían comentado). Otros intentos realizados con naves generacionales habían terminado en revueltas y pérdida de control y contactos de la población colonial enviada.

 Los vuelos con hipervelocidad de las naves estercoespaciales, en sus primeros éxitos en vuelos cortos hicieron correr ríos de tinta. La experiencia de comienzo de siglo había hecho parar todas las esperanzas de poder colonizar otros mundos limpios que se conocían.

La Nave Vespucio, con una tripulación de más de doscientas mil personas, entró en colisión con el planeta Ka21, ya que estimaron,  falló en la desaceleración una vez conseguida la velocidad de la luz. Era el primer vuelo tripulado basado en la relatividad temporal; todo un fracaso, que produjo la revolución de los desamparados. La mayor crisis en el nuevo orden mundial. Ni las guerras Hacker en la red habían producido tantos cambios en tan poco tiempo.

Este experimento podría ser la clave de todo, eso le habían vendido, por eso llevaba seis meses de intensa preparación física y de ejercicios  mentales hasta la extenuación: ejercicios de memoria. Habían analizado todas las sinapsis implicadas en los procesos de aprendizaje, seguían una de las teorías más antiguas : los principios de Hebb, recuperada tras muchos siglos guardada. Estaba basada en la potenciación a largo plazo (PLP). El estudio de la PLP en la formación hipocampal había sugerido un  mecanismo responsable de algunos cambios sinápticos que ocurren durante el aprendizaje, estos cambios se producen en un circuito de neuronas que recorre la formación hipocampal, va desde la corteza entorrinal a la circunvolución dentada, a los campos CA3 y CA1, al subiculum. La estimulación de alta frecuencia de los axones de este circuito fortalece la sinapsis implicada en el aprendizaje. El principio de Hebb dice que si una sinapsis se activa repetidamente al mismo tiempo que la neurona postsináptica emite potenciales de acción, tendrán lugar una serie de cambios en la estructura de la sinapsis, responsables de que esa sinapsis se vea reforzada.

Otros circuitos y con otros neurotransmisores se habían estudiado con resultados muy parecidos con PLP, como la noradrenalina y la acetilcolina en el campo CA3 facilitando la PLP.

Por lo que el análisis y almacenamiento de todas la sinapsis y agrupando mediante el estudio y clasificación de los PLP se podrían obtener unos mapas individuales de memorias, donde los recuerdos de una persona pueden ser almacenados.
Desde el comienzo del milenio, se conoce el genoma humano. Se había tardado el doble en poder crear un decodificador y almacenamiento digital de las sinapsis y, con ella, un almacén externo de la memoria. Las investigaciones habían ayudado en la erradicación del Alzehimer en todo el planeta.

Llegaba al edificio del Campus Central de Investigación, parecían esperarles con gran animación. Se sentía como aquellos pioneros de los vuelos espaciales. Todo el personal había salido a recibirle: el presidente de la compañía y el delegado comunitario de investigación y desarrollo lo esperaban en la puerta. Unos flashes y fotos de recuerdo del acto, unos saludos y, junto la comitiva, se dirigieron a la sala donde se efectuaría el ensayo: una habitación totalmente blanca, con una camilla metálica en el centro, cámaras en las esquinas de la habitación, dos grandes espejos unidireccionales en los laterales del cuarto. En uno se suponía que estarían los doctores que dirigen la investigación, en la otra sólo se podía entrever una sombra, la de un anciano.
Tenía la luz encendida y el espejo dejaba ver la silueta de un hombre mayor, bastante mayor. Estaba sentado en una silla similar a la provista en su habitación, entreveía los cables que salían del casco que tenía igual que él en la cabeza.

Llegaron los doctores, le sonreían. Los nervios no le dejaban concentrarse en nada. Estaba empezando a sudar, odiaba sudar; por ello había sufrido el accidente escalando, suerte que sólo le dejó la cicatriz de la quemadura de la cuerda en el pecho.

No podía entender las indicaciones de Méndez, el auxiliar técnico, el que va a manejar la cámara, pero asentía con una sonrisa. Poco a poco conectaban cada uno de los electrodos en el casco de registro PLP. Miraba el comportamiento del equipo de experimentación: entraban y salían de la sala.

Me colocaban los catéter para dormirme. No es que fuera un proceso doloroso, eso lo había ya comprobado en los ensayos de la semana pasada. Cortos ensayos en lo que lograron grabar una serie de sinapsis, pero ahora era diferente, ahora iban a guardar toda mi vida, todos mis recuerdos. Decían que hibernarían mi cuerpo y mi recuerdo, para luego volver a activarme cuando llegáramos a K21. Era todo un reto científico, pero necesario para crear una nueva civilización.

Empezaba la cuenta atrás…

Los recuerdos de su infancia no empezaban hasta los 15 años. Antes no sabía nada. Le había dicho que era un hijo de los elementos, es decir, que era un ser clonado… no le había importado nada; de hecho, era la solución empleada desde hace tiempo para el control de natalidad. Lo habían formado en diferentes disciplinas, siempre en orden y de forma estricta. Dominaba en pocos años conocimientos científicos amplios. Seguía recordando: la universidad… no recuerda haber estado en la universidad nunca, pero veía sus recuerdos llenos de anécdotas, juergas y horas de estudio. Era lejana, pertenecía al siglo pasado… era imposible que él hubiera estado ahí, no podía por su edad, pero eran recuerdos frescos: … un niño jugando, con Papá, pero si yo soy hijo de los elementos, no tengo padre… algo estaba pasando,… se estaban mezclando nuevos recuerdos pero no eran los míos…. ¿qué coño pasa?. Soy Yo, Oramas, HE215… estudié en la Corporación, no he tenido relaciones de compañero con nadie… Una chica, Rosario… la quiero… he estado con ella… no sé quién es… pero si es ella… Doctor, Doctor, ¿qué me pasa?, no sé quién es Oramas… Oramas soy yo, o ¿no soy yo?… estoy entrando en el edificio, esto fue hoy. Pero, ¿qué hice ayer?, se me ha olvidado… saludo… estoy recordando, me conectan los electrodos, cuenta atrás ¿qué pasa…?, ¿quién es ese viejo…?



Es una habitación cómoda, llena de flores… y aromas seminaturales…
- Ya empieza a despertar… está abriendo los ojos…. – Comenta Méndez.
- ¿Cómo se siente, profesor Oramas?. Interroga el jefe del equipo, Dr. Sig Almeida.
- Bien, este cuerpo es estupendo… casi había olvidado la sensación de la juventud… Vale la pena haber realizado el contrato con la compañía hace 40 años. Esto de renovar el cuerpo, cada 20 con un clon de uno, es la mejor oferta que me llegó.

-¿Qué quiere que hagamos con su cuerpo viejo?. Comenta Méndez.
-Quémelo. Dijo secamente.



Se estaba vistiendo. Observaba su cuerpo, desnudo ante el gran espejo de la habitación. De repente ve una cicatriz en su hombro y un dolor le sobreviene, cuando recuerda cómo se lo había hecho… grita de angustia… ¡Yo nunca he escalado!.

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Juan Antonio "Bente"
Jun 25, 2008 at 15:09

RESETEADO

CAPÍTULO PRIMERO

Yacía bañado entre sus vómitos al lado de la vieja nevera; un leve soplido de aire fresco entraba a través de la ventana. Intentando arroparse en vano con su propia chaqueta sólo conseguía el frío abrazo del suelo. Persistentes y extraños sueños invadían su mente, atrapándolo en un pasado para él inexistente. El movimiento de sus ojos dentro de los párpados cerrados parecía no parar de recordarle las cosas que tuvo y que ya jamás creería poder volver a tener. El silbido de su garganta no paraba de asfixiarle dándole un respirar acelerado. La cosa no era fácil, había sido alguien que creía que no podría volver a ser; y ni siquiera sabía quién realmente era, ni en qué mundo había vivido antes. Sí, es verdad, recordaba quiénes habían sido sus padres, recordaba a sus amigos, a sus antiguos amores, sus aficiones, sus viejos libros, recordaba las tiendas a las que solía ir a comprar, recordaba su Renault rojo de dos plazas, recordaba su marca de colonia favorita, recordaba… su nombre; pero quién verdaderamente era, no estaba tan seguro de ello. Habían huecos, trozos en el espacio-tiempo que no eran de él o eso creía, trozos que le perturbaban, que no le dejaban descansar en sus interminables tiempos en soledad.

La incesante risa de una atractiva joven no paraba de hervirle el cerebro. Le deslumbraba la vista un letrero en el cual se podía leer claramente, Pub Casil, mientras aquella risa le cogía de la mano y lo hacía entrar en él. Luces intermitentes, sonidos estruendosos, hologramas de imágenes sugestivas en el techo, gente bebiendo sin ton ni son, nada del otro mundo. Un pub de moda. Y siempre cerca, muy cerca un aliento, una voz irrumpía en su sosiego, llamándole poderosamente la atención. Pero… ¿Por qué una y otra vez en su mente dormida? Recuerdos que no podían recordar, imágenes que no podía reconocer, que le atormentaban sueño sí y sueño también. Sus sentidos reconocían aquellas percepciones pero su mente despierta era incapaz de reconocerlas, de entenderlas, de comprender un mundo del que estaba seguro no haber formado parte.

Su casa era un reflejo de en lo que él se había convertido. El ambiente sucio, desorden y desorden, vasos, platos y cajas de comida vacía adornaban anárquicamente todas las habitaciones. Foto-hologramas de una familia ya no presente; muebles, libros, todo parecía decorado con un toque de otra época, pero siempre faltos de un buen trapo dispuesto a recoger la suciedad de meses. Aunque ya eran las dos de la tarde, y ya hacía bastantes horas que estaba acostado en ese estado de abandono; el sistema de vídeo-llamada daba señal de mensajes de no hacía mucho. Lógico, en su actual estado, nada, ni nadie, le hubiese conseguido despertar pasadas unas cuantas horas.

Criado en el seno conservador del catolicismo, había sido la oveja negra, el agnóstico precoz de un nido de fe. Su madre acostumbraba a decirle, ya de adulto, “Hijo mío, sé humilde y pon la otra mejilla, que Dios te recompensará”, a lo que él contestaba con frases como “a mí Zenón de Abdera y sus estoicos, Epicuro…”, dejando siempre la frase sin terminar. Y ella resignada, que no derrotada, solía murmurar mirando fijamente al suelo, “Siempre igual, ¿Epicuro?, ¿los estoicos?, ¿Quiénes demonios serán?”. Evidentemente desconocía que su hijo se refería a la máxima que los estoicos practicaban de poner la otra mejilla ante las adversidades de la vida, máxima que heredó, en el devenir de los tiempos, la religión cristiana. Con un toque de progre-rebelde y bastantes dosis de genialidad, se había pasado la mayor parte de su vida adulta dando clases de historia antigua en la Universidad Complutense de Madrid; ahora en un período obligatorio de rehabilitación, había vuelto a su ciudad natal, Las Palmas de Gran Canaria; siéndole totalmente prohibida la investigación, aspecto en lo que realmente destacaba, ateniéndose las autoridades al Real Decreto por el cuál se regulaba el acceso a los recursos de investigación y a ese tipo de actividades a los reseteados por interés público. Claro está, ¿Quién debía ser reseteado?, era una cuestión bastante subjetiva que a consejo de la autoridad en la materia debía tomar el juez de turno. ¿Y la propuesta?, evidentemente, versaba sobre lo que designaba la ley sobre los costos y efectos sobre la producción, los gastos en la salud pública, el desorden de la estabilidad social, y los delitos que estimase la legislación vigente.

El reseteo, importado desde La Liga de Países Asiáticos del Este, había sido rápidamente acogido, en un principio, por el resto de los países desarrollados con el fin de solucionar y actuar sobre la salud de los pacientes crónicos con algún tipo de patología mental; y para los adictos a sustancias nocivas. Más tarde se vio su utilidad sobre los delincuentes reincidentes; así hasta que se llegó a la época en donde primaba la normalización total de la sociedad, en la cuál no cabía la divergencia de pensamiento, aquellos que eran peligrosos para la estabilidad social, los críticos, los librepensadores, los que desde otra óptica veían las realidades, eran normalizados, se adoptó el concepto de control social por y para la sociedad; muy al estilo de los primeros pensadores que intentaron promover la misma en el siglo diecinueve por medio de eugenesia social. Pero aún más se extendió su uso a aquellos individuos que no eran productivos; el objetivo era la producción y el consumo el fin de ésta, todo ser humano tenía que producir a un nivel, lo improductivo era insano para la sociedad y por lo tanto, tenía que ser reseteado. Basada principalmente en las Neurociencias, la microingeniería y en las teorías del Procesamiento de la Información, nació el reseteado, técnica que mediante la inserción de microchips principalmente en la corteza, hipocampo y amígdalas cerebrales borra ciertos aspectos de la personalidad y de la memoria; reimplanta nuevas personalidades más normalizadas, nueva memoria parcial, siempre conservando la mayor parte de la historia del individuo; y corrige las disfunciones cerebrales, o cualquier trastorno psicológico. Realmente un auténtico proceso de reinicialización del sistema cerebral, con nuevas ordenes, con estructuras controladas por nano-neuronas. Su uso se extendió rápidamente de país en país, viéndose ya, como una técnica indispensable para el bienestar de la sociedad de consumo.

La acidez de su estómago junto al frío que ya empezaba a incomodarlo le hizo despertar de su espeso sopor. Después del típico ritual del resacado por una noche nublada en los efectos del alcohol, y del aseo personal pertinente, Tenesor revisó los mensajes pendientes. Uno sobre las nueva y treinta de la mañana, no muy importante de su amiga Rosa, preguntándole como estaba. “¡Rosa!” exhaló; mientras por su mente, aún embotada, recordaba tiempos pasados en los que tuvieron un corto pero grato devaneo y en los que al parecer a ella, le hicieron precipitarse al vacío penetrante que produce el mal de amores. La segunda, chocante, intrigante, le llamó intensamente la atención. Lo primero, no había un interlocutor tangible, sólo una imagen gris oscura que ocupaba toda la pantalla del aparato. Lo segundo, una voz sombría pero a la vez fascinante, femenina y seductora; pero tan lejana de ser una simple voz…, esa voz…, había algo en esos sonidos que no le cuadraba. Tenía sensaciones, era nueva; pero a la vez, ya oída; temida aunque atrayente. “Hola Tenesor, sigues ahí, o simplemente ya eres uno más”, escuchaba sugestionado y estupefacto, “la luz de las sombras no se apaga nunca, no recuerdas. Sé que estás ahí, sé que no eres igual al resto, nunca lo serás, sé que pronto estarás de nuevo porque hay algo dentro de ti que te impide ser normalizado. Cuando estés, búscame, no será sencillo, pero me encontrarás, tú siempre me encuentras, esta vez sí estarás preparado, y hallarás lo que siempre estuviste buscando, la luz que no se apaga, el largo caminar de la historia, el eterno viaje del barquero, el sublime purgatorio. Al fin y al cabo, ¿no era lo qué con tanto esfuerzo buscaste? Cuando estés…, hazlo cuando estés.” Así aquella voz se apagó; junto al tradicional apagado del vídeo-teléfono que indicaba que ya no había más mensajes.

Davinia solía apartarse los mechones de su cara casi de manera compulsiva. Aquella melena rubia suave como la seda a modo de pelo bobo se deslizaba al compás de cualquier movimiento leve o brizna de aire. Algo que a sus compañeras de trabajo le disgustaba; los comentarios los característicos, “es más tonta…”, “sí muy poco productiva es verdad”, “siempre coqueteando con todos, ¿quién se cree que es?”. Realmente de carácter tranquilo y tolerante, con una belleza especial, de ojos color cielo, risa tímida, pequeñita y de cuerpo muy bien formado, era al contrario de lo que se creían sus compañeras, bastante sencilla, humilde y trabajadora. Las pocas oportunidades que tuvo en su vida, dado lo que su coeficiente genético intelectual (CGI) permitía dentro de las escalas laborales existentes y puestos de responsabilidad en la función pública, las supo aprovechar para conseguir un puesto de auxiliar administrativa en el Ayuntamiento de Las Palmas. Lejos de compadecerse, por lo que las leyes laborales permitían y restringían, luchó denodadamente para alzarse con uno de los mejores puestos a los que podía optar según éstas. No ganaba mucho pero era lo suficiente para poder mantenerse. Su trabajo consistía, como el de tantos muchos, en vigilar y datar los cambios que se producían en los Reseteados LF (Lóbulo Frontal), aquellos que habían cometido algún tipo de delito y estaban domiciliados en la Ciudad. En un mundo en donde cualquiera está localizado desde el día en que nace con el injerto de nano-localizadores; los reseteados lo eran doblemente, mediante la emisión de sus microchips sobre la correcta adecuación de su conducta a éstos. Internamente, acorde a la cultura reinante de la cual ella tampoco escapaba, admitía que era necesario, “Una se siente segura en la calle” se decía a si misma para justificar el reseteado; pero, a la vez, tendía a pensar para sus adentros, que tendría que ser horrible ser reseteada, perder realmente el fondo de lo que uno es, la esencia, el ser una misma, y además de serlo cuando una no está de acuerdo o es crítica a un nivel no permitido con lo establecido. Eso sí, sus comentarios se los guardaba bien para ella misma, como los de tantos muchos que temían que el comunicarlo podría ser objeto de desestabilización social e irremisiblemente tener que ser reseteado por el bien común.

Ya eran las tres de la tarde, aparte del móvil de su muñeca, el pitido de cambio de turno lo hacía evidente. Recogió sus cosas, las metió rápidamente en el bolso y se dispuso a ir comer algo, para llegar por fin al principio de la calle Triana; donde le esperaba su amiga Marta. Marta amiga desde las primeras letras, compartía con Davinia el gusto por la cerveza rubia mejicana, el taekwondo clásico y el cine virtual; de madre guineana y padre sevillano tenía cierta pasión y curiosidad por el mercado negro; en donde con bastante facilidad encontraba de todo, libros prohibidos, sustancias potenciadotas de las capacidades, incluso antilocalizadores personales. Ese día habían quedado para ir al ginecólogo e ir más tarde de compras. Actividad a la que Marta solía decir con cierta ironía picantina, que era una necesidad genética y vital que tenían todas las mujeres orgullosas de pertenecer al mejor género existente entre los dos posibles; a sabiendas de que ese comentario le sentaba como un dolor de ovarios a su amiga.

A Davinia no le salía muy cara la revisión; ya que el centro médico era concertado por el ayuntamiento para sus trabajadores a mitad de precio. Recordaba los tiempos en los que era niña y en los que solamente se tenía que pedir hora con su médico para asistir a consulta sin gastos, excepto por los de antigua Seguridad Social que pagaban sus padres en sus impuestos, ridículos comparados con los que ahora tenían que abonar; por desgracia para su economía esos tiempos ya habían desaparecido con la privatización de lo que era el antiguo Sistema Público de Salud. Y aunque a mitad de precio, seguía siendo un desembolso devastador para cualquier economía media. En la sala de espera, lo normal, mujeres bien aseadas esperando su turno de paso o “la salita de las braguitas recién estrenadas” como le susurró al oído Marta a su amiga, esbozando ésta una sonrisa contenida. Vídeo-carteles solicitando silencio; recomendaciones para una actividad sexual sana; consejos para elegir a un buen progenitor para sus hijos y como el solicitar el CGI a su pareja. No es que existiera una ley que discriminase el no poder tener hijos a reseteados o a personas con un coeficiente intelectual medio-bajo; pero sí era verdad que se adoctrinaba por una sociedad con bajos costes en salud, con bajos costes en la producción, con bajos costes en conflicto social, y en donde se obtuviesen miembros cada vez más listos, más capaces de rendir en un mundo cada vez más exigente volcado en el control y perfección del ser humano. Doctrina que era evidente, que cada vez más, se estaba afianzando en la forma de pensar de todo ser humano, incluso en los que de manera silenciosa estaban en contra de estas prácticas gubernamentales. Y todo ello de una manera subliminal, fomentando el orgullo de tener hijos cada vez más sanos, más listos y mejores; y de una forma tan natural, ¿Qué padres no quisieran que sus hijos fuesen y tuviesen todo aquello de lo que ellos no fueron capaces de ser y tener?, enunciaba uno de los mensajes de los vídeo-carteles bastante llamativo con una familia ilustrada en el fondo, perfecta, guapa, llena de vida y sonriente, en un casa rústica a dos aguas en el campo, con un magnífico coche familiar y un cielo despejado plagándolo todo de una luz embriagadora, enverdeciéndolo todo a su paso por los árboles y al que sólo faltaba poner “hijos perfectos, felicidad asegurada”; y todos esos vídeo-carteles, justo al lado de cada una de las seis consulta de ginecología del centro médico.

“Davinia Pérez Santana, consulta número tres”, sonó en megafonía.

Al salir de la consulta se fueron a tomar un café en una terracita de Triana, Marta había notado cierto malestar en su amiga, preguntándole con tacto que si todo estaba en orden. Davinia respondió con un corto y sincero “sí”. Tras un breve silencio Davinia comenzó a hablar: “nada, me recomienda que haga más el amor, que el sexo es fundamental en la estabilidad, y eso nos lleva a la felicidad, y como sabes, no lo practico muy a menudo…, me da cierta cosa acostarme con cualquiera sin sentir nada”. Marta más práctica le replicó tajante:”Déjate de chorradas y vive, en estos tiempos que corremos el amor no existe, existe el interés, así que folla y disfruta. Y cuando quieras y estés preparada, escoge un buen espermatozoide y ya sabes a parir”. Después de unos cuantos idilios por las tiendas de la zona y de gastarse el dinero innecesariamente en ropa de moda que en tres meses dejaría de serlo, se recogieron a sus respectivas casas, no antes de despedirse cariñosamente como en ellas era habitual, los años marcaban…, y ellas los tenían muy presentes.

Al día siguiente, Davinia libraba por haber trabajado el domingo anterior y quería aprovechar el buen tiempo para broncearse en su playa favorita, Las Canteras, y liberar tensiones intrascendentales que como a todo ser humano le preocupaban sin sentido alguno; así que dispuso las cosas y tiró para allí.

La brisa calida y salada le daba de refilón mientras intentaba agotar los últimos rayos de sol del verano y, más concretamente de ese día, tumbada boca arriba en su toalla. Su piel protegida de los efectos perniciosos de la contaminación y radiación solar, tenía un dorado muy atrayente a ojos lascivos. La arena repeinada y limpiada de noche, a la vez que ardía, proporcionaba una grata compañía a los roces esporádicos de sus pies y de sus manos. No había mucha gente, poca más bien. Era un momento indescifrablemente relajante. El sonar de las olas al morirse en su llegada incesante a la orilla; unas ráfagas de viento salado no muy fuerte pero si lo suficiente como para hacerse notar; el calor de sol terapéutico a modo de acción calmante para la tensión muscular; la falta de ruido de máquinas, de gentes, de todo…., creaba una sensación de bienestar incomparable, le llevaba a otra dimensión, a otro estado. Sin embargo sabía que pronto eso desaparecería, tendría que recoger e irse, asearse en la óleo-ducha hidratante de su casa, descansar y prepararse para el siempre duro día de trabajo que le esperaba a la mañana siguiente.

Cuando reunió las fuerzas necesarias para emprender la recogida, sintió que alguien la observaba sin parar. Abrió los ojos, y como una descarga eléctrica que le recorrió el cuerpo se tensó. Un hombre con unas bermudas bastantes llamativas de flores y camisa blanca, en frente de ella, a pocos metros, de pie, la miraba intensamente sin decir palabra, descalzo como sino le quemase la ardiente arena. Moreno, velludo, pulcro, bien rasurado, de complexión fuerte y alto, no sesgaba en su mirada sin ápice de cortarse lo más mínimo. Se sintió vulnerable, como si la invadiesen aquellos inenarrables ojos oscuros dentro de su más preciada intimidad. No le salían palabras, pero no hizo falta. Aquel hombre que en un abrir y cerrar de ojos le había inquietado de manera insólita, sin inmutarse, al cabo de unos pocos segundos desvió su mirada y lentamente comenzó a alejarse, recorriendo el camino que le separaba de la orilla y desde allí en dirección este, a través de ella. Ahora era ella quien no podía parar de mirarlo obsesivamente. Recogió de forma acelerada sus cosas y comenzó a seguirlo. Tenía miedo, tenía curiosidad de el por qué tenía que seguir a aquel individuo pero algo superior a ella le impedía dominarse. Aunque siempre precavida, miedosa pero siempre segura de si misma, parecía otra. Aquellos ojos que había contemplado fugazmente parecían que le habían comunicado algo que no tenía sentido, algo que su mente no podía descifrar; pero que de alguna forma tenía significado. Esos ojos querían que le siguiesen; y ella lo hizo.

Vistiéndose a toda prisa siguió sus pasos, manteniendo una prudente distancia. Las grandes y marcadas huellas que sobre la orilla iba dejando aquel hombre reflejaban un caminar elegante y armonioso. De vez en cuando paraba, sin mirar hacia atrás, como si supiese que ella le seguía, esperaba unos instantes, y volvía a comenzar la marcha. Nunca había hecho nada parecido, un impulso irrefrenable recorría cada una de sus neuronas con un solo fin, contestar a sus preguntas sin sentido: ¿Qué?, ¿Quién?, ¿Por qué? Se sentía extraña, incluso avergonzada de lo que estaba haciendo; pero algo le hacía salirse de su esteriotipada vida, de su cotidianeidad. Sus fantasías recorrían su cerebro de forma exponencial; pero aún así, aparte de todo aquello que pudiera pensar, no podía parar de seguirlo, una fuerza irresistible le atraía hacia aquella figura desconocida que pocos segundos antes y que por sólo un pequeño instante, habían escudriñado sus ojos, medio deslumbrados por los rayos cegadores del sol.

Sin embargo, a pesar de lo enigmático que le parecía, Davinia se dio cuenta que de la gente que iba dejando detrás suyo, no reparaba especialmente en él, y eso le hacía preguntarse aún más el motivo de su conducta; pero aún así, el vínculo que no acaba de descifrar era superior a lo que pudiera pensar. No era la razón la que guiaba sus pasos, sino una necesidad, una compulsión de que lo tenía que hacer y así lo hacía. Diez metros era la distancia que los separaba. Mientras caminaba lo iba observando detenidamente. Un hombre de mediana edad. Cuarenta y pocos, pensó. Le parecía un hombre físicamente perfecto. Llevaba las zapatillas en una mano, mientras la otra sostenía un pequeño libro algo deteriorado. El agua fría de la orilla llevada por las pequeñas olas, mojaban sus pies, daba la sensación de avanzar sin mayor esfuerzo. Al ver ese detalle y el como, sin embargo, la vaneaban a ella esas mismas aguas, se sintió excesivamente torpe.

El sol herido en su plenitud iba despidiéndose mirándolos de frente, mientras lentamente se acercaba el final de la playa coronada por el lucernario del “Alfredo Krauss”, el majestuoso auditorio de la ciudad. Las huellas, testigos breves de la marcha, habían sido consumidas en su mayoría por el agua. Muriendo así finalmente, lo que de playa quedaba, subieron por una rampa, sin cejar, Davinia, en su extraña caza.


 

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